Erase una vez una noche húmedo y frío en pleno invierno. Eran cerca de las 11 de la noche, la lluvia duraba todo el día y el viento frío soplaba violentamente, agitando las ramas sin hojas. Casi no se veía caminantes ni coches por la calle.
Miguel conducía su taxi atentamente en la calle. Se sentía agostado llevando 8 horas trabajando sin descansar. Escuchando la música de la radio, Miguel conducía el taxi a casa. Era hora de terminar el trabajo y descansar. De repente, vio a un hombre, bajo la luz tenebrosa de la lámpara en la calle , estaba de pie en la acera, agitando la mano. Parecía que quería tomar un taxi.
Miguel vaciló un rato y paró su coche ante el hombre. vio que él llevaba un abrigo negro con el cuello levantado y el sombrero metido hasta las orejas. No se veía claramente su cara. Lo extraño era que él no tenía paraguas, pero en su abrigo no había mancha de llovia.
El hombre abrió la puerta, se metió en el taxi y se sentó. Se quitó el sombrero y dijo con la voz fría:“ Al Parque Yuhua”. En ese momente, Miguel se dio cuenta de que la persona resultaba una señora. El miró a su pasajero: era una señora elegante, un poco pintada, tiene cerca de 25 años, pero no se veía sonrisa en la cara.
--¿A dónde? ¿el parque yuhua? -- él preguntó
--Si -- la señora respondó con la misma voz. El sentió algo miedo. El parque yuhua era un cementario.
El condujo el taxi lentamente al barque. La señora no dijo nada ni se movía, sólo fijaba su mirada adelante, siempre adelante. Después de media hora, llegó a su destino. La señora le dio el dinero y bajó del taxi sin tomar el cambio. Pero al bajarse, ella se desapareció enseguida. Miguel miró hacia todas las direcciones sin ver nada, nada, ni una sombra.
--Imposible. Es imposible.-- El no tardó en poner en marcha su coche con las manos temblando.
Se puso en tranquilo, la curiosidad le hizo volver a ver qué había pasado.
Al acercar a donde se bajó la señora, el vio a una persona echada en el suelo. Cuando sintió la luz del coche, la persona levantó su cara: era una cara cubierta de sangre.
En aquel entonces, la señora le gritó furiosa a Miguel con toda fueraz:
—¿Por qué paras el coche al lado de un hoyo?
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